Paco Mora. MALOS HUMOS

Malos humos

 

Vaya brasa con la ley antitabaco. El proceso de demonización del fumador, que ha culminado con la aprobación de la mentada ley, está llegando al paroxismo. No hay oficina en la que ciertos detractores del cigarrillo no se relaman (con muy malos humos, dicho sea de paso) ante la que se nos viene encima a los fumadores con el año nuevo. Ya quisiera uno tamaño ímpetu de nuestro Parlamento cuando se trata de cumplir los objetivos medioambientales –que no se cumplen- o ante el uso y abuso que estos ángeles custodios antihumo (conozco a varios) hacen del coche para ir del váter al dormitorio. Dicho lo cual, me apresuro a declarar que aplaudo la ley. Soy consciente de los terribles perjuicios del tabaco, para mí y para los demás y opino que ningún fumador tiene derecho (y con frecuencia lo hacemos) a obligarle a tragar su humo a nadie. Pero una ley tan implacable (uno puede inflarse de alcohol y otras sustancias salutíferas en un local público pero no prender un pitillo) quizá sea fuente de problemas que podrían haberse evitado sin menoscabo de los fines perseguidos. Poco habría costado, por ejemplo, habilitar en los centros de trabajo un cuartucho mínimo para fumadores, de modo que la libertad individual pudiera conjugarse con la salud del vecino de al lado. Me temo, sin embargo, que aunque la intención de la ley sea buena, la del legislador guarda un doble fondo. Se entiende mal que una norma que pretende erradicar el tabaquismo no contemple ningún tipo de ayudas para dejar la adicción. Quizá esto tenga que ver con el fariseísmo que implica el que las arcas del Estado reciban un pico, al que no se está dispuesto a renunciar, por los impuestos del tabaco.
Hagamos ahora un ejercicio de ficción. Imaginemos que todos los fumadores dejamos el hábito al unísono el 1 de enero. Triunfo pleno de la ley. ¿O no tanto? ¿Se han planteado nuestros gestores de la cosa pública lo que eso supondría? ¿Tendrían una alternativa laboral para las miles y miles de familias que directa o indirectamente viven del tabaco? ¿Estaría el ciudadano desahumado dispuesto, al perderse unos ingresos importantes para el erario, a soportar nuevos impuestos para redondear las cuentas? Lo más curioso, no obstante, es que la memoria sentimental de los padres y madres de esta ley no sería la misma, desde luego, sin Bogart o la Garbo quemando tabaco en aquellas maravillosas películas de cuando éramos jóvenes y rebeldes y románticos. Hoy, además de los personajes de Garci, en las películas solo fuman los malos y los negros. ¡Que triste es el cine!

 

El Día de Cuenca
21 de diciembre de 2005.