Paco Mora. LOS SANTOS INOCENTES

Los Santos Inocentes

 

A Bibiano no le gustaba el campo, ni mucho ni poco. El día que su padre lo llevó a la capital, siendo un crío, Bibiano secretamente supo que su sitio estaba allí, entre aquel tráfago de personas y coches que iban a todo meter de un sitio a otro sin parar nunca, como las hormigas. Para su alma adolescente y campesina, macerada entre aperos y animales de corral, aquel primer viaje a la ciudad fue una auténtica revelación. Todo le asombraba: los edificios de una verticalidad imposible, los escaparates repletos de cosas en colorín que vaya usted a saber para qué servirían, el asfalto grisísimo de las calles… Qué distinto aquello al muermo de su pueblo. Así que cuando consideró que la edad le alcanzaba para volar por libre le dijo escuetamente a su padre: quiero ser hormiga, padre, esta noche hago el petate y me voy. El hombre, que tenía a su hijo por corto de entendederas, intentó por todos los medios disuadirlo. De nada sirvieron sus requerimientos. Fue un largo día de palabras gruesas y lágrimas secas.
Tras casi tres años de malvivir en la ciudad de los oficios más serviles, Bibiano descubrió una tarde, viendo a unos mendigos en un parque, que para vivir feliz casi nada era necesario, le bastaban unas botas, un abrigo y toda la libertad posible para seguir mirando el mundo como si cada día el mundo fuera nuevo. Para subsistir le sobraba con los remanentes del despilfarro que la ciudad le ofrecía a manos llenas. Desde entonces Bibiano se convirtió en un sintecho vocacional, en un adepto del oficio de vivir tan convencido que, aunque las calles fueron volviéndose cada vez más peligrosas para los de su gremio, él decidió que su vida merecía la pena y que todos los oficios tenían sus riesgos, así que nadie iba a cambiarlo ahora. Quizá por eso, cuando esta noche estos muchachos tan salvajes lo han despertado de su sueño a golpes y tras rociarlo de gasolina ha sabido que iba a morir, no ha sentido miedo, sino pena y una inmensa piedad por sus verdugos: ellos, en su ciega ira, nunca sabrán que la dicha de vivir se esconde en los pequeños dones que el día nos otorga, como esa sonrisa que todas las mañanas una muchacha le dedica al pasar junto a él en su esquina de Callao, una sonrisa que en este instante, pese al dolor, hace que Bibiano se sienta el hombre más libre y feliz sobre la tierra.

 

El Día de Cuenca
28 de diciembre de 2005.