Paco Mora. LOS MAGOS

Los Magos

 

Doña Purita, la solterona del 2º izquierda, acaba de cumplir 78 años y tiene un deseo: volver a soñar aquel sueño que tuvo en tiempos, siquiera una vez más. Fue un sueño húmedo (Dios me perdone, Jesús, qué vergüenza) en el que retozó a modo con un viril leñador transilvano que era una pura máquina sexual. Es la única vez en su vida que doña Purita ha violentado el sexto mandamiento y no quisiera morirse sin catar de nuevo, por más que sea virtualmente, el más sabroso bocado de su existencia mínima. Para Pepe Nohales y la señora Juana, el matrimonio cincuentón del 1º derecha, sus deseos más íntimos tienen la cara de su hijo Juanito, fallecido hace ocho años. Desde que un día de otoño un conductor homicida se lo llevara por delante a la salida del instituto, Pepe Nohales y la señora Juana tienen una única obsesión: soñar con su hijo, traerlo a su sueño para tener el consuelo de, al menos, sentirlo vivo mientras duermen. En estos ocho amargos años no lo han conseguido ni una sola vez. Las trillizas del ático (no son trillizas, obviamente, pero así les decimos en la comunidad porque comparten juventud, minifalda y cabeza de chorlito) en su lámpara de los deseos guardan un sueño en colorín que tiene que ver con clínicas dermoestéticas ahítas de silicona y platós de televisión donde un ejército de niñas/florero lucen piernas y canalillo mientras sujetan las columnas del estudio con una sonrisa boba de oreja a oreja. De la familia telerín, los del 1º izquierda, mejor callar. Componen la tropa: el padre, la madre, la abuela (madre de él), el abuelo (padre de ella) y cuatro vástagos varones entre los 11 y los 15 años de edad que han salido trotones y cabezudos, las criaturas. En su pozo de los deseos, un batiburrillo de sueños y contrasueños, cabe de todo, menos agua.
El caso es que, como el año pasado, le han encargado a un servidor redactar la carta que mancomunadamente enviamos, desde tiempos inmemoriales, a los Reyes Magos. Y la verdad, no sé por dónde empezar. Cómo se traducen, en un regalo tangible, los sueños. Porque esa es otra. El Rey Gaspar, mi intermediario en asuntos celestiales, me lo tiene dicho y repetido: nada de pedir la paz para el mundo y abstracciones semejantes, somos simples magos, Lucas, no los presidentes de los Estados Unidos de América. Menudo marronazo.

 

El Día de Cuenca
04 de enero de 2006.