Paco Mora. ANTICOLUMNA

Anticolumna

 

Para ser honesto contigo, querido lector, debo advertírtelo desde la primera frase: hoy el columnista no tiene columna, de modo que antes de seguir leyendo, piénsatelo y si encuentras una ocupación más enjundiosa pasa la página y déjalo aquí, pues lo que sigue –ni yo mismo lo sé, ya te digo- probablemente sea una de esas tontunas sin fuste ni muste que tenga más de desbarre virtual que de cosa seria. Con razón me dirás, carísimo lector, que a un profesional del vocinglerismo escrito, cual el que uno en su modestia representa, eso no debería pasarle nunca, porque de letras huecas y palabras vacías malamente va a cincelarse un capitel con alguna gracia, más teniendo en cuenta que la actualidad y la vida cotidiana vienen día a día cargadas de asuntos que bien merecen probar el martillo y el cincel del escribidor. Y es verdad, lector amigo, sé que por mucho que se cuenten continúan sin contarse del todo –por no decir de nada- las mil y una cuestiones por las que sangran nuestras heridas, o por las que se nos escapa la risa floja, que de todo hay: la vergüenza de la guerra, la infamia del terrorismo, el problema de la inmigración (tarde o temprano nuestra conciencia hará aguas como una patera), la sinrazón de la hambruna, la indignidad de la pobreza, el sinvivir de la violencia, la ley de educación, ese trapo cien veces remendado con el que todo quisqui se limpia los mocos, la brasa del estatuto catalán, una discusión tan provinciana y reductora, tan de ombligo adentro que no parece cosa de gentes muy leídas y viajadas, etcétera. Ahí están, para bien y para mal, los asuntos domésticos, los de nuestra bellísima y esforzada ciudad, rotondera y semaforiloca, obrilarga y arboricorta donde las haya. Por no mentar nada relacionado con el circo de la cultura, ese otro trapo viejo con lamparones al que le va que ni pintado el antiguo refrán: “hay mocos sorbíos y mocos sonaos”. Y siguen también, esperando que alguien les dé voz propia (algún día te hablaré de ellos), Manolito Rendueles, un alma de cántaro que un día perdió su sombra y se echó al monte a buscarla, y la señora Serafina, una anciana de 92 años que una mañana hizo la maleta y plantó a su marido, de 94, diciéndole: me voy a vivir la vida… Pero mira, desocupado lector, hoy en la cabeza del escritor llueve a cántaros y como muy bien sabes sobre el papel mojado se corre la tinta, así que mejor dejarlo para ocasión más propicia. Yo “desescribo” lo no escrito, tú “deslees” lo no leído y los dos, en comandita, nos ponemos a otra cosa y chimpún.

 

El Día de Cuenca
11 de enero de 2006.