Paco Mora. CRISPADOS Y CRISPADORES

Crispados y crispadores

 

Uno, iluso incorregible, confiaba en que algunas cosas cambiaran o, al menos, mostrasen una cara más amable con el advenimiento del nuevo año. Pero nada cambia, ni permanece. Igual ni se transforma, quizá solo gira en una espiral sin fin que nos trae y nos lleva penduleando siempre sobre el propio terreno.
Por ejemplo, uno abre los periódicos cada mañana y, obviando a los maestros, comprueba que en las páginas de opinión siguen anidando en abundancia los pájaros alarmistas y de mal agüero, los biliosos de pluma en cabestrillo, los chupatintas de entrecejo torcido, los malasangre de lapicero negrísimo, los voceros, en fin, de su amo (en tratándose de amos me da igual los de un lado u otro de la raya del horizonte) que día a día cumplen su labor de zapa con la ciega obediencia del ovejo cebado. De ser verdad lo que estos opinadores de baratillo escriben o de responder sus comentarios al sentir general del común de la gente (no es así, la gente es buena y, por fortuna, está en sus cosas), sería para tener miedo o para inquietarse mucho. Según los unos y los otros este país nuestro está hecho un trapo: el gobierno no tiene sustancia ninguna y es de una incompetencia antológica, la oposición una cuadrilla de resentidos y reaccionarios siempre prestos a hacer la pascua y a meternos miedo con el coco, catalanes y vascos unos dinamiteros que desmembrarán España, los inmigrantes poco menos que un silencioso ejército invasor que, a la postre, nos robará el pan nuestro de cada día, etcétera, etcétera… O sea, que vivimos en un territorio en permanente conflicto en el que ahora, además, se está creando un clima enrarecido que nos retrotrae a un tiempo infausto del que no quiero acordarme. Así pues no deben extrañarnos ciertas anécdotas con rumor de sable. ¡Qué cosas!
Se me dirá que estos articulistas se limitan a reflejar el ambiente de crispación que embarga a la clase política que hemos tenido a bien darnos en las urnas. Y no digo yo que nuestros representantes públicos no anden de un tiempo a esta parte en exceso atacados y no derrochen en politiquerías lo que deberían gastar en sosiego y en política. Pero con fuego no se apaga una lumbre. Llámenme ingenuo, pero los políticos pasan (incluso se transforman) y en democracia el diálogo, la palabra mueve montañas. Y nos hace más libres. Y los pájaros de mal agüero, tarde o temprano, acaban replegando sus alas.

 

El Día de Cuenca
18 de enero de 2006.