Paco Mora. BAROJA

Baroja

 

No es difícil imaginarlo en bata de cuadros, tocado con una boina y al orillo de un brasero, con los faldones de la mesa camilla cubriéndole las piernas y unos cuantos folios –quizá son holandesas- entre las manos. Dicen quienes lo trataron que era huraño, misógino y cascarrabias pero también un hombre de una sinceridad abrumadora que en ocasiones lo traía a maltraer en aquella España convulsa y abigarrada de las primeras décadas del siglo XX.
Personalmente Pío Baroja me agarró por las guedejas cuando leí, deslumbrado, su novela “La busca”. Durante el bachillerato un profesor tuvo la feliz idea de hacernos leer ese libro. Nunca se lo agradeceré bastante. Entre su prosa deslavazada y austera, sobre sus frases desflecadas, muchas veces refractarias a las normas de la gramática, aquella novela abrió, para los ojos adolescentes del lector habitual que uno empezaba a ser, un mundo desconocido: el de la gente pobre de la gran ciudad, en este caso de Madrid. Un Madrid que poco tenía que ver con aquel otro castizo y zarzuelero que conocíamos por la televisión y ciertas películas. Dicen que la familiaridad de Baroja con el ambiente de los barrios más miserables no le venía por la lectura de los folletinistas que al parecer frecuentaba, sino de una panadería familiar que heredó, situada en la calle de la Misericordia, por la que pasaba todos los días un buen puñado de los hombres y mujeres más humildes de la capital. Probablemente el trato con la gente pobre de don Pío le allanó a uno el camino del conocimiento de las pobres gentes de Dostoievski y de Dickens, pongo por caso.
Traigo a mi columna a don Pío porque como el lector sabrá se cumplen ahora cincuenta años de su muerte. No soy amigo de conmemoraciones y centenarios, pero llama la atención que mientras en otros lugares se preparan actos sobre su obra, en el País Vasco, su tierra de origen, una losa de silencio institucional sigue pesando sobre su figura. Aunque es lógico si pensamos que en un libro oficial sobre los personajes vascongados más importantes de la historia no aparecen los nombres ni de Baroja ni de Unamuno. Qué cosas. Claro que alguien que dice que el nacionalismo se cura viajando no puede ser un vasco vasco, debe tener algún defecto de nacimiento en el Rh. Como decía hace poco Manuel Alcántara: así se escribe la Historia. Y así se borra. Qué lástima.

 

El Día de Cuenca
25 de enero de 2006.