Paco Mora. AÑO MOZART

Año Mozart

 

Sostienen algunos que Mozart no nació, bajó directamente de los cielos. Pudiera ser, cosas más raras se han visto. Lo que resulta evidente es que el genio que el músico de Salzburgo derrocha a manos llenas no parece de este mundo. El secreto quizá radique en que su música, que él componía con una agilidad fuera de lo común (al contrario que Beethoven, quien sudaba la gota gorda poniendo en solfa a sus fantasmas), parece emanar de la propia naturaleza del hombre, de ahí que la sintamos tan cercana. Otra cosa son las bondades terapéuticas que quieren atribuírsele. Según ciertos mozartmaníacos, los beneficios neurológicos de sus melodías son casi ilimitados, sirven lo mismo para el alzheimer que para la neurosis, para la epilepsia, la presión arterial, las úlceras gástricas, la ansiedad o el autismo. Los fetos de las embarazadas se regodean en la tripa de sus mamás escuchando a Mozart, las plantas crecen más lustrosas y hasta los peces de las piscifactorías combaten mejor la enfermedad y engordan más deprisa si se les somete a audiciones de algunas obras mozartianas. En fin. Quizá esta desmesura del llamado “efecto Mozart” venga de lejos, de varias décadas atrás, cuando a un médico francés se le ocurriera definir al músico como “un virtuoso del sistema neurovegetativo y un especialista en neurología funcional”.
Cualquiera que haya visitado Salzburgo sabe que la ciudad es Mozart, no puedes dar un paso sin que la sombra del compositor te asalte en cada esquina, así que no quiero imaginar lo que será aquello con el aniversario. Comentan por ahí que a los bombones Mozart, el asqueroso licor de chocolate Mozart y los títeres de época Mozart se les han unido este año, para celebrar la efemérides, el agua embotellada Mozart (no sé si bendecida o así), la cerveza Mozart y unas horrendas salchichas Mozart con forma de violín, entre otras cosas. Lo tengo escrito: no me gustan las conmemoraciones. Son puro negocio, una filfa, un saco de trivialidades, pompa, gaseosa. Nada.
Decía el filósofo que cuando los ángeles ejecutan una pieza musical para Dios interpretan a Bach, pero cuando lo hacen para sí mismos tocan a Mozart. Me quedo con eso. Con el placer y la emoción de una música sublime que como el buen vino se crece con los años. Con cuatro acordes de su “Lacrimosa” podrían fusilarse toneladas de banalidades puestas en papel pautado: hay que reconocerlo, este muchacho acaba de cumplir sus primeros 250 años y cada día que pasa compone mejor.

 

El Día de Cuenca
08 de febrero de 2006.