Paco Mora. CAPUCHAS Y PASAMONTAÑAS

Capuchas y pasamontañas

 

La muerte de inocentes lleva demasiado tiempo siendo una costumbre de nuestro televisor, pero solo cuando esa costumbre nos golpea de cerca nos sentimos realmente "tocados". Y sin embargo, la muerte es siempre la misma, llame a nuestra puerta, a la del vecino o a la de ese desconocido de un país lejano que regurgita la pantalla una y otra vez, un día y otro día. El mundo arde por los cuatro costados. ¿Por qué? ¿Por qué tanta muerte junta, diaria, repetida, se diría que inexorable? Se me ocurren dos respuestas. Una: el Mal existe. El mal no es una abstracción, se viste de hombre con nombre y apellidos, se adorna con su ambición, con su delirio, con sus garras, con su baba. Y dos: las estructuras de nuestra globalizada sociedad están podridas de raíz. Mientras las orondas panzas de los hombres de una mínima parte del planeta -la tuya y la mía, desocupado lector- engordan hasta el paroxismo, el resto pasan hambre. ¿Cómo es posible que solo dos mil hombres de nuestro civilizadísimo occidente atesoren el capital del setenta por ciento de la población mundial? En tanto este estado de cosas no cambie seguirán muriendo inocentes y en su muerte moriremos un poco todos, entre otras cosas porque terroristas, integristas y fanáticos de cualquier ralea encontrarán ahí su coartada para seguir sembrando el terror, aunque los crímenes de estos canallas -ya no pueden engañarnos- no se perpetran invocando un mundo más justo, sino para perpetuar el sistema, para ser ellos y sus acólitos los orondos panzudos, los dos mil podridos de dinero. Es hora de instalar la decencia y la cordura en esta tierra, de que todos los hombres de bien -somos multitud- acabemos de una vez con las alimañas capaces de provocar una masacre como la de Madrid, y exigir de nuestros opulentos gobiernos una política más solidaria para con esa parte del mundo que, inocente del todo, se muere a chorros. Es posible, si empujamos a los políticos y arrimamos el hombro, erradicar el hambre, la miseria y la guerra. Y después, si los asesinos se cubren con capucha o pasa-montañas y para ajustárselos usan pañuelo, turbante o chapela, nos traerá al fresco. Todos representan el mismo mal. Pero serán cosa del pasado, ya no estarán entre nosotros para refocilarse en su propia mierda.

 

El Día de Cuenca
24 de marzo de 2004.