Paco Mora. GORDA

Gorda

 

Cuando te mira, con esos ojos líquidos de almendra amarga, se te caen los palos del sombrajo; ya quisieras encontrar tú tanta dulzura entre los que te rodean. Llegó un día cualquiera desde una clínica, donde algunos hombres buenos le recompusieron los muchos huesos que algún canalla le quebrara. Se notaba en seguida que había recibido más palos que una estera y que desde su nacimiento por escuela tuvo la calle, lo que la convertía en una de esas callejeras desconfiadas que andan siempre husmeando por los contenedores, entre los despojos de nuestro rocoso corazón y las mondas de nuestra opulencia. Probablemente es la hija del encuentro furtivo entre dos parias que atendieron al celo por acallar el ruido de tripas, o sea, más por instinto que por ganas.
Supongo que su condición de artista del hambre, al verse acogida en una casa caldeada y con abundante pitanza, tenía que pasarle factura. En unos meses su gusto compulsivo por la comida y por la vida muelle la convirtieron en una gorda. De nada sirvió decir que era una gorda feliz, en una sociedad podridamente hipócrita que vende paraísos tristes en moldes anoréxicos que a nadie satisfacen. En su diaria visita al parque recibe su ración de insultos y desprecios, lo que demuestra que la marginación, la exclusión del diferente, el racismo que tantos seres humanos llevan marcado a fuego en el alma no solo se manifiesta hacia sus semejantes. La gorda se llama Mori, mueve la cola rítmicamente como pocos perros con pedigrí y ronca, más o menos como usted, por sus mismas lorzas.

 

El Día de Cuenca
07 de junio de 2006.