Paco Mora. 3 AÑOS

3 años

 

Hace ahora tres años, un diez y tantos de junio tan atorrante como el de hoy, aparecía, caro lector, el primer texto de esta “Columna Cinco” que, desde entonces, viene emborronando la última esquina de este diario. La idea, surgida del magín de cinco amigos propensos al regüeldo verbal o, por decirlo más finamente, a tocar y trastocar las infinitas escalas del abecedario, no se supo nunca a qué oscuro impulso obedecía, luego jamás estuvo claro si nacía como látigo de cinco colas o como una suerte de coro griego mal temperado que venía a poner en solfa los cimientos de la realidad. Ni una cosa ni la otra. Quizá no se trataba más –y el tiempo va poniendo las cosas en su sitio- que de intentar recomponer, cada uno a su modo, los pedazos de ese espejo roto que llamamos cotidianidad, y no tanto por entender el mundo, o entenderse con él, cuanto por intentar entendernos a nosotros mismos, pálidos reflejos multiplicados de ese espejo roto. Tal vez ahí radica la esencia de toda escritura verdadera, la enfermiza inclinación que nos lleva a soñar la vida en palabras, quién sabe si para espantar a los propios fantasmas. Lo cierto es que con tan abigarrado columnario (780 columnas más o menos) podría levantarse un monumental partenón tan laberíntico y hermoso como, me temo, inextricable. Es lo que tiene sujetar una columna sobre cinco basas de materiales y texturas tan diversas: es ajena a cualquiera de los órdenes clásicos porque, a la postre, participa de todos y de ninguno. Y está bien que así sea.

 

El Día de Cuenca
21 de junio de 2006.