Paco Mora. CUENTOS DE VERANO (I)

Cuentos de verano (I)

 

Todo comenzó con la palabra “látigo”. Cierta mañana, cuando TJ saltó de la cama con las telarañas del sueño acartonándole el paladar, descubrió con asombro que era incapaz de pronunciar la palabra látigo. Una disfunción momentánea, pensó, propia del amodorramiento, pero aunque así no fuera, qué más da, puede uno tener una vida plena sin necesidad de usar ese palabro. Poco después le ocurrió lo mismo con “armadillo” y casi de inmediato con “telliza”, “buzaque” y “exoftalmia”. Mejor, decidió TJ, son vocablos que no entran ni de lejos en mi vocabulario y, en cualquier caso, siempre puedo echar mano de los sinónimos. Un mes más tarde, TJ no podía decir en voz alta varias decenas de palabras que sí formaban parte de su cháchara habitual y aunque buscaba sinónimos con los que reemplazarlas, a veces se enredaba y le costaba hacerse entender. TJ empezó a tomar conciencia de la gravedad de su afección el día que olvidó la pronunciación de la palabra frigorífico y el frigorífico desapareció de su cocina para siempre como por arte de hechicería. Al frigorífico le siguieron la lavadora, el microondas y el sillón orejero. En una semana su casa era un ámbito desnudo. Una mañana lo despertó –tenía que dormir en la moqueta- una terrible punzada en el corazón que, lo supo enseguida, ya no le abandonaría jamás: la palabra “amor” no le humedecería nunca más el paladar al pasar por su lengua. Se asomó a la ventana. No había nada. Un blanco vacío. Habría gritado, de no ser porque la palabra grito huía a toda prisa en ese instante de su vocabulario.

 

El Día de Cuenca
05 de julio de 2006.