Paco Mora. CUENTOS DE VERANO (II)

Cuentos de verano (II)

 

Cuando TJ, tras su largo viaje por Australia, regresó a casa, en apariencia nada había cambiado. Dejó las maletas en su cuarto y se dispuso a darse una ducha. Debo quitarme cuanto antes el polvo acumulado durante seis meses en las antípodas, bromeó. Antes de entrar en la ducha repitió el viejo gesto –cuántas veces lo había echado de menos en Australia- de encender el transistor de la repisa. Subió el volumen. En un principio no le extrañó escuchar a Juanito Segarra cantando una canción que ya había olvidado, y luego otra de Jorge Sepúlveda que no creía recordar. Solo cuando en el noticiario oyó la voz inconfundible de un locutor muerto hacía muchos años diciendo que el Generalísimo acababa de inaugurar un pantano sintió el escalofrío del pánico recorriéndole el espinazo. Saltó de la ducha. Se vistió a toda prisa y en dos minutos había ganado la calle. ¿Cómo no se dio cuenta al llegar? Los peinados, la vestimenta de la gente, los escasos coches que circulaban por la calle eran sin duda de los años cincuenta. No es posible, se dijo TJ, los viajes en el tiempo son novelerías. Aturdido, vagó por la ciudad de su pasado un par de horas. De repente la vio. Estaba igual de bonita que entonces. 19 años recién cumplidos. Ya iba a abordarla cuando un muchacho, en el que no quiso reconocer sus propios rasgos, la tomó de la mano. Al pasar junto a él, los jóvenes lo miraron con aprensión. Pocas cosas más patéticas, pensaron, que ver a un viejo tronado llorando en plena vía pública. En ese instante, el maldito autocar enfilaba la calle haciendo un extraño.

 

El Día de Cuenca
12 de julio de 2006.