Paco Mora. CUENTOS DE VERANO (III)

Cuentos de verano (III)

 

Se lo decía a mi hijo: este río al que me traes tan lejos es un río muerto. Aquí no crecen ni las ovas, dije. Y me sobraba razón. En todo este tiempo apenas me he cobrado tres piezas de esos peces tan raros que son todo escamas y aletas. Y saben a la hiel del mismo demonio. Se me figura a mí que la poca carne donde uno puede hincar el diente es puro veneno, porque huele que trasciende. Y mira que me extraña en mi hijo. Lo del río, digo. Si de algo sabe mi hijo es de esto. Ha ganado los trofeos de pesca de medio continente; y si no tiene los del otro medio es porque le falla la circunstancia, no sé si me entiende. Su circunstancia mide uno setenta, tiene ojos de gata rubia y dos tetas con planteamiento, nudo y desenlace. Una real hembra. O sea, un problema. Ella es la que estorba a mi hijo. Pa chasco. Pero como dice el dicho, tiran más dos… En fin, ya sabe lo que quiero decir. Yo procuro no meterme pero hay cosas que duele escuchar, sobre todo en lo que toca a tu hijo, porque a mi edad, lo que es a mí tanto me da que pinten oros o bastos. Y si estoy en su casa, bien lo sabe Dios, es porque no me queda otra. En abril cumplo los ochenta y ocho. Ahora que si no fuera por lo mío, ponía pies en polvorosa. Pero dónde va uno cuando tiene que hacer de vientre en una bolsa por un cordón amarrado a las tripas. Me dirá. Mi nombre es TJ. Se lo digo por si se encontrara con mi hijo. Dígale que como me previno, aquí sigo aguardándolo. Como un clavo. Se fue a buscar cebo, hará cosa de tres días. Y es que yo, señor, soy muy bien mandado.

 

El Día de Cuenca
19 de julio de 2006.