Paco Mora. CUENTOS DE VERANO (VII)

Cuentos de verano (VII)

 

Un gatillo es siempre una invitación al vacío. Hace unos minutos, antes de comenzar la rueda, miraba a mis cinco compañeros de mesa y en los ojos de todos ellos veía el mismo abismo sin fondo que hunde mis propios ojos en un vértigo sin orillas, como si en vez de mirar la realidad exterior los ojos se hubiesen vuelto del revés y quisieran ver hacia adentro, de la laringe a las vísceras, pero en su lugar solo quedase una inmensa sábana blanca. Ahora, tres de los colegas respiran aliviados; solo quedamos Toni, El Pelao y yo.
El juego es simple: la ruleta rusa, o mejor, una forma perversa de la ruleta rusa. Tras riguroso sorteo, los seis nos situamos en nuestro puesto alrededor de la mesa. El primero en disparar he sido yo, pero no apuntando a mi sien sino a la de Carlos, colocado a mi derecha; después Carlos ha hecho lo propio apretando el gatillo sobre la sien de Berny. Y así sucesivamente. Quedan dos disparos, el que El Pelao descerrajará sobre Toni y, si éste no fuera el definitivo, el último: la bala que Toni alojará en mi cerebro. Si Toni se calma, claro. Al final se ha venido abajo. Siempre ocurre lo mismo. Alguien termina rajándose y se mea en los pantalones. “Si no soy la víctima”, me ha dicho Toni, “seré un asesino; en todo caso estoy muerto, TJ”. No soporto su llantina, así que le he arrebatado el revólver al Pelao de un zarpazo. Un segundo antes de sonar la detonación he cerrado los ojos. De la sábana blanca brotan multitud de nubes que llueven dentro de mi cabeza.

 

El Día de Cuenca
23 de agosto de 2006.