Paco Mora. CUENTOS DE VERANO (VIII)

Cuentos de verano (VIII)

 

El quiosco es lo que tiene. Que es muy esclavo. Gastas todas tus horas en un cuchitril de dos por dos para arañarle cuatro céntimos a una bolsa de pipas y cuarto y mitad a un tarro de chupachuses. Y los años pasan. Y pesan. Cuando nos hicimos con el negocio se lo decía a Satur, mi difunto marido, le decía ahora aún, pero luego, cuando seamos viejos… No es oficio para un viejo. Y una ya tiene callos hasta en el cielo de la boca. Lo único, que conoces gente, y eso entretiene mucho. Aunque te advierto que a cierta edad nada compensa. Quizá el señor TJ es el único cliente antiguo que le queda a una. Cada mañana, el señor TJ viene a por su ABC y a pegar la hebra un rato. Años atrás era habitual de “Pueblo” y sobre todo de “El Caso”, aquel periódico de mucha sangre. Me tiene contado el señor TJ que está escribiendo la historia de los asesinos de España, y que yo daría muy bien en el papel de la castañera de Lavapiés, un caso célebre. Yo no sé cuál fue la gracia de la castañera, pero viniendo del señor TJ supongo que es un cumplido. La otra mañana me decía que la ola de crímenes que padecemos en la ciudad responde punto por punto a otros crímenes conocidos, de aquellos que salían en “El Caso”. Él cree que no sé que me ronda. Que cada tarde, cuando echo el cierre, me espía oculto tras los setos del Paseo. Pillín. ¿Dónde cree que llegaríamos a nuestra edad? Si él, tan impecable siempre, lleva desde hace tres días esa horrible mancha granate en la bocamanga de la camisa y ni se ha dado cuenta.

 

El Día de Cuenca
30 de agosto de 2006.