Paco Mora. LA SEMANA

La Semana

 

Confieso que me ha tentado el diablillo de las almas cándidas, o tal vez el del cansancio y la saturación. Admito que no pensaba escribir nada sobre la Semana Santa. Pero salir a la palestra en Cuenca un Miércoles Santo y dar la callada por respuesta supondría poco menos que renunciar a mi condición de conquense a carta cabal y, en cualquier caso, mi silencio podría interpretarse como un feo muy feo al acontecimiento festivo-religioso más importante de la ciudad. Pero, más allá de nuestra fe (quiero decir del íntimo modo en que cada cual viva su espiritualidad o su religiosidad) qué palabras nuevas grabar en esta columna, qué frases que no parezcan ya dichas mil veces, si la Semana Santa es, de entre nuestras tradiciones, la que más ríos de tinta ha hecho correr desde que Cuenca es Cuenca. Y la verdad es que yo no sé. Podría, por ejemplo, garabatear la basa de la columna con frases aparentes del tipo "Cuenca nazarena, Cuenca horquilla y capuz, se viste un año más de humildad y recogimiento y al ritmo acompasado de los Pasos va desgranando, uno a uno, los amargos frutos de la Pasión", pero sonaría a plagio, a plagio plagiado de otro plagio porque, a qué negarlo, la prosa semanasantera se repite machaconamente una y otra vez con escasísimas variantes. También podría cincelar el fuste de esta columna con palabras festoneadas que dieran cuenta del segmento más lúdico y colorista de la fiesta, o sea, del folclore, pero me fallan las fuerzas y la voluntad, aparte el hecho de que este aspecto está igualmente trillado por otras plumas más bregadas que la mía en estos menesteres. Finalmente, podría armarme de escoplo y soplete y dibujar sobre el capitel de mi columna los asuntos más controvertidos de nuestra Semana Grande pero eso ahora, después de tanta polémica y tanta palabrería, ni vendría a cuento ni traería a cuenta: el resto nazareno que uno guarda en su interior le impide entrar en el terreno de la prosa pedestre.
Resumiendo, no quiero repetir lo dicho hasta la saciedad. Me resisto al adjetivo, a la burbuja, a la pompa, al sonajero. De nuestra Semana Santa personalmente me quedo con la mirada asombrada de ese niño que observa por primera vez, desde su fila, la imagen doliente de un Cristo -magnífica talla- que parece mirarlo a él con una piedad infinita. Esa escena fugaz, íntima, inadvertida casi, representa, por encima del boato y la parafernalia procesional, el verdadero sentido de estos días. O a mí me lo parece. O así debiera ser.

 

El Día de Cuenca
07 de abril de 2004.