Paco Mora. ¡OÉ!, ¡OÉ!, ¡OÉ!

¡Oé!, ¡Oé!, ¡Oé!

 

Mi amigo Sebastián lo tiene muy claro. Acodados en la barra de nuestro bar de siempre compone el gesto, da un trago y, alzando la voz, arenga: “Pues sí, pese a los inmovilistas, los rancios, los measalves y los trasnochados, la fiesta, por encima de cualquier otra consideración, ha de ser algo vivo y todo lo que contribuya a darle lustre debemos apoyarlo sin fisuras, sin endémicas cicaterías, sin remilgos beaturrones. Sí, yo abogo por sacar en procesión a San Mateo, a fin de cuentas bajo su advocación vivimos estos días de vaquillas; y sí, también apuesto por darle un protagonismo estelar a Alfonso VIII, el buen rey que, a la postre, instauró la fiesta. Ya estoy viendo el desfile: en cabeza, el Santo, llevado en volandas por nuestros más avezados banceros mateos; tras él, el rey Alfonso (o una alegoría del mismo) escoltado por un cortejo de caballeros ataviados con vistosos trajes de época y, cerrando la comitiva, las peñas danzando jaraneramente a los sones de la bonita pieza “Paquito chocolatero”, vaso de zurra en mano y, dejémonos de pañuelos oficiales, con un fajín institucional tipo baturro amarrado a la cintura. El más genuino folclor religioso, nuestra página histórica más gloriosa y nuestro chispeante espíritu lúdico unidos para siempre y de una sola tacada. ¡Así se escribe la tradición!” Los parroquianos, tras el estupor inicial, prorrumpen en un cerrado a la par que sentido aplauso. Y uno, asintiendo estremecido, se abraza a Sebastián y, con matea emoción, le canturrea al oído: Oé, Oé, Oééééé.

 

El Día de Cuenca
20 de septiembre de 2006.