Paco Mora. EN EL LIMBO

En el limbo

 

Suele decirse embusteramente que el hombre adquiere su completa dimensión de hombre en la edad adulta y que así, gracias a la experiencia, es más seguro y gana aplomo y deja atrás los miedos y fragilidades propios de la infancia y sus muchos pájaros. Mentira podrida. Según la edad acumula pátina en nuestra chepa arrecian las dudas, y las contradicciones crecen, y las creencias se nos escurren sin remedio entre los dedos, y los ideales se escriben con tinta invisible en el agua. Conforme envejecemos nos volvemos cobardes y medrosos y previsibles y lo que no gobierna la rutina o la fatiga lo deglute crudo la conciencia. Por eso, cuando nos asestan una estocada en el centro de lo que creíamos más firme y profundo, sabemos que estamos un paso más cerca de nuestro acabamiento interior. Es lo que nos ocurre –ya se intuía pero ahora la sentencia es firme- con la abolición definitiva del limbo. Pero hombre, si toda la vida de Dios, según la doctrina cristiana, el limbo era ese lugar mítico donde iban las almas despojadas, las más puras, las más cándidas y chiquitas, ese lugar sin tiempo, algodonoso y plácido que, siendo niños, cuando al fin nos entraba uso de razón, asimilábamos con un paraíso definitivamente perdido. Ahora han reducido el limbo a simple hipótesis teológica y uno siente que lo más inocente de sí se derrumba y que un niño se nos muere dentro. ¿Qué otra puñalada trapera nos aguarda ahora, antes de caer inexorablemente en la inopia? ¿Descubrir acaso que nunca pisamos la luna?

 

El Día de Cuenca
18 de octubre de 2006.