Paco Mora. 1 DE NOVIEMBRE

1 de noviembre

 

Rondaba la edad del acné, aquella maldita pubertad que me traía a maltraer con sus muchos pavos. El cementerio, al que acudía cada año para “los Santos” con mi familia (bendito seas en tu Cielo, padre), había sido hasta ese día una prolongación peculiar, pero nunca triste, de la granja de Gil, aquel paraje mítico de nuestra infancia donde el jueves lardero corríamos la tortilla, y donde el otoño otoñeaba más hermoso que en ningún otro lugar porque olía a membrillo y a paloduz y a pillao. En la escuela, el maestro, aprovechando las fechas, nos leía “El monte de las ánimas” y al caer la tarde el abuelo, a la luz de la estufa, contaba la historia de Zacarías, un aparecido que cada noche de difuntos arrastraba sus cadenas por las sendas de grava del Camposanto. Al parecer, el infortunado Zacarías purgaba una promesa incumplida, “se jugó la eternidad con Dios a los dados”, decía muy misterioso el abuelo, “pues se murió de sopetón haciendo cochinadas en una casa de mala nota”. Ya entrada la noche, se murmuraba que en el televisor del rico del pueblo echaban el drama de un tal don Juan, un sinvergüenza que, robando la candidez de doña Inés, perdía su alma. No le estaba mal empleado. Pero aquel 1 de noviembre fue distinto. Una trampa del azar se alió con los crisantemos sobre la tumba de mi hermano Faustino (bendito sea) de tal modo que lo que leí sobre la lápida –las flores tapaban algunas letras- fue mi propio nombre muerto en el granito: f mora garcía. Desde entonces sé que vivo, como todos, de milagro.

 

El Día de Cuenca
01 de noviembre de 2006.