Paco Mora. EL PUENTE

El puente

 

Para los que vivimos nuestra infancia en un pueblo pequeño, pongamos entre los años 50 y 60 del siglo pasado, el concepto de vacaciones –tal y como lo entendemos hoy- sonaba a milonga verbenera. De un miserable pueblo español de esos años no se salía nunca, como no fuera a jugar un partido de fútbol contra los vecinos de al lado o a hacer la mili. Y por supuesto se trabajaba ya no todos los días de la semana –sólo se paraba el domingo por la tarde- sino casi todos los del año, salvo para la feria del Patrón y alguna que otra fiesta de guardar: ¡ay, aquellos tres jueves del año “que brillaban más que el sol”! Eran fiestas humildes y escasas pero con sentido, en las que se celebraba como buenamente se podía al Santo: en general con misa y procesión, campeonato de boleo, lebrillos de cuerva y tardes de baile a ritmo –exclusivo- de acordeón. Ni qué decir tiene que, en tales circunstancias, la única idea de puente que concebíamos no pasaba de las cuatro piedras mal puestas que nos servían para cruzar el río Gritos o la acequia de La Reina.
Y a todo esto, hoy comienza el puente más largo del año. Y huimos como posesos de nuestras casas –se esperan no sé cuántos millones de desplazamientos de vehículos-, impelidos por no sé qué extraña fuerza centrífuga que nos obliga a viajar, a donde sea, el caso es salir, y da igual que se celebre –no celebramos nada- la fiesta de san Celemín Celeminado o el Día Nacional del Níscalo Carpetovetónico. Definitivamente, lo de viajar está sobrevalorado.

 

El Día de Cuenca
06 de diciembre de 2006.