Paco Mora. TEÓFILO

Teófilo

 

Sobre mi mesa de trabajo marca la cadencia de mis días un calendario de los de antes, con su santo anotado bajo cada número. En el 20 de diciembre se lee: san Teófilo. Ignoro la gracia que llevó a este buen hombre a los altares, pero la casualidad ha hecho que recuerde la historia de otro Teófilo que había olvidado. Una historia, en rigor una leyenda, que mi tío Antonio contaba que ya contaba su abuelo. El caso es que el tal Teófilo era un ropavejero que malvivía con los escasos cuartos que le procuraba la venta de trapos viejos y baratijas usadas. Era hombre soltero y feo que, según decían, bebía las mieles por Inesita, la única hija de un pudiente matrimonio. Este amor imposible se manifestaba en la aparición, todos los días del año, de una flor silvestre a las puertas de la casa de Inesita. Nunca se probó que fuera el ropavejero quien depositaba la flor, pero tampoco nadie lo dudaba. Un día Inesita enfermó de fiebres y al cabo de una semana entregó su alma. Desde ese día cesaron las ofrendas florales y, lo que es más curioso, a Teófilo se lo tragó la tierra. Jamás se le volvió a ver en lugar alguno. Muchos años después, cuando derribaron la casa del ropavejero, saltó la sorpresa. Tras un muro, una pared falsa con el esqueleto de alguien emparedado. Lo raro es que parecía haberse emparedado a sí mismo, pues allí estaban las herramientas propias de un albañil y, lo más increíble, en un roñoso vaso sin agua una flor silvestre tan fresca que parecía recién cortada. Feliz Navidad.

 

El Día de Cuenca
20 de diciembre de 2006.