Paco Mora. BALANCE

Balance

 

Parece que la columna final del año invita, por una de esas leyes no escritas, a hacer un balance de lo acontecido durante los trescientos sesenta y pico días precedentes. Es un tópico y probablemente una estupidez, entre otras cosas porque a la vida –que no es matemática- no le cuadran nunca las cuentas, y a la hora de las recapitulaciones cuando en el debe no se nos disparan los triglicéridos, en el haber se nos vienen a pique las transaminasas. El caso es que si algo parece moverse es precisamente para que nada cambie: el planeta ha seguido sangrando por donde solía, a veces a borbotones, y sin embargo la vida continúa abriéndose paso, a empellones, a dentelladas si hace falta, dejando con el culo al aire a los heraldos de la muerte. Y eso que la muerte –de suyo tan puñetera que nos iguala a todos- hace que algunos se vayan de rositas, como el dictador (nada augusto) Pinochet, ese pájaro que afirmaba despectivamente que la declaración de Derechos Humanos es cosa de marxistas y que escribió algunas de las páginas más siniestras de la Historia Universal de la Infamia sin que la justicia de los hombres, o una brizna de justicia poética acaso, le incomodase: que las manos cercenadas de Víctor Jara, en el Más Allá, se lo demanden.
Pero no es cuestión de ponerse tremendo, al fin andamos de fiesta y nos sobran motivos para la gratitud, y si bien se mira nada de este 2006 que huye de nuestros almanaques ha sido peor que en el 2005. Ni será mucho mejor en el 2007. O sí, qué narices. Feliz Año Nuevo.

 

El Día de Cuenca
27 de diciembre de 2006.