Paco Mora. LA CUESTA

La cuesta

 

No es lo mismo “echarse de cuesta”, que viene a significar tumbarse a la bartola, que a uno se le haga cuesta arriba una cosa. Como no es igual ir cuesta abajo, o sea, de capa caída y en derechura hacia tu propio acabamiento, que “tener la cuesta y las piedras”, locución un poco turulata que le sienta bien al jugador de ventaja que guarda un par de ases en la manga. No es ni parecido llevar a alguien a cuestas, es decir, ser un tonteras que carga con los marrones de otro (generalmente un pariente con más cara que espalda), que “llover a cuestas”, expresión de tintes surrealistas con que se da a entender que si uno tira piedras sobre su propio tejado es probable que rompa algunas tejas y provoque una gotera tremenda en el cuarto de estar, justo a la altura del sillón de orejas (que quedará hecho un trapo) al que entregábamos las horas más plácidas de la tarde. En fin. A lo que iba. En la entrada “cuesta” del diccionario se lee: “terreno en pendiente”. Pero una línea más abajo aparece “cuesta de enero”, que define como “periodo de dificultades económicas que coincide con este mes a consecuencia de los gastos extraordinarios hechos durante las fiestas de Navidad”. A lo que cabría objetar que lo de “gastos extraordinarios” queda muy demodé: en los tiempos que corren debería sustituirse por “despilfarro”. Y respecto a las “dificultades económicas”, permítanme dudarlo. Miren cómo los comercios con el cartel de “Rebajas” chutan a todo chutar. O sea, que nos da igual a cuestas que al hombro. O a costalete.

 

El Día de Cuenca
10 de enero de 2007.