Paco Mora. SAN VALENTÍN

San Valentín

 

Con el primer beso en la boca descubrimos que en el estómago guardamos un nido de mariposas. Con los siguientes, mientras el acné salía a trompicones por la puerta, el corazón saltaba sin red por la ventana. En nuestra sociedad, la educación sentimental de casi todos nosotros se ha forjado con imágenes cinematográficas y televisivas, con novelerías y reglones quebrantados por la poesía y la música; aparte, claro está, la concreta realidad que a cada cual le cunde. No es posible imaginar una película clásica sin un maravilloso beso final que sella el amor de los protagonistas. Si el beso se acompasa al ritmo cadencioso de una melodía de Cole Porter, miel sobre hojuelas. Y es que el beso es el símbolo por antonomasia del amor, del verdadero, de ese que nos deja en cueros vivos el alma y el entendimiento cazando gamusinos. Quizá por ello el beso lo relacionamos con lo más íntimo y personal. El sexo, pura y muy gratificante carnalidad, es otra cosa. Curiosamente, a partir de los años 70 de la pasada centuria, cuando el cine se abre a propuestas más arriesgadas, no hay película con prostituta en la que ésta no le diga al cliente de turno: puedes hacer conmigo lo que quieras, cariño, pero yo no beso en los labios. Por eso cuando he descubierto que en los anuncios de sexo de los periódicos uno de los servicios más novedosos que se ofrece es el de “beso tu boca”, he sentido pena por esas buenas mujeres que, sospecho, con su claudicación han renunciado –San Valentín al fondo- al último de sus sueños.

 

El Día de Cuenca
14 de febrero de 2007.