Paco Mora. LA BICHA

La bicha

 

Es impepinable. En cuanto has sentido la punzada lo has sabido. Es tan rastrera, tan mala pécora que sabe por dónde empezarte: allí donde más te duele. Justamente allí, en esa oquedad que tu cuerpo permitió abrir un día entre la cuarta y quinta vértebra discal, un agujero negro que a veces, piensas, podría engullir al universo entero. Y sin embargo has seguido. Te has dicho: nada, cosas del tiempo que anda revuelto. En el cielo, unos nubarrones presagiaban agua pero la noche, de tapadillo, acaba barriendo la cúpula celeste, ya es mala leche, con lo que limpia la lluvia. Cuando la bicha, con toda su parentela, ha decidido plantar sus reales en tu intestino grueso te has dado cuenta de que ya era tarde. Inútil contraatacar con los viejos remedios caseros del abuelo; menos aún con analgésicos y ansiolíticos que, como todo el mundo sabe, nada saben del alma. Y la gripe es una enfermedad del alma. En unas horas tu cuerpo –te aterra la idea, pero es inevitable- será una casa cerrada donde en secreto va a celebrarse un aquelarre. Durante días y en todas y cada una de sus habitaciones. Entonces descubres que la distancia que separa el dormitorio de la cocina es mínima, exactamente la misma que va de la membrana pituitaria a las papilas gustativas. La realidad ha sido abolida definitivamente. Enciendes el ordenador con la esperanza de que la bicha salte de tu sistema inmunológico a tu sistema informático. Nada. Una voz que ya no reconoces dicta una columna tambaleante que empieza: Es impepinable… Llueve. O no.

 

El Día de Cuenca
28 de febrero de 2007.