Paco Mora. EL TONTO-BABA

El tonto-baba

 

Hay tontos y tontos. En un primer estrato está el atontado o atontolinado, que es ese señor que se empeña afanosamente durante toda su vida en doblar una esquina y solo en el lecho de muerte cae en la cuenta de que todas las esquinas son dobladas. Y están el tontaina y el tontucio, dos aves canoras de la misma familia, que se caracterizan por su escasa capacidad de vuelo y sus piquitos tornasolados. Está el tontivano, un tipo de andares nalguiapretados que para tomar cañas con los amigos acude con un libro de Jodorowski o de Schopenhauer bajo el brazo. Y luego está el tontuelo, el bobo feliz por antonomasia, que aún cree en la cigüeña, en la transmigración del alma de la mariposa de la seda y en las bondades del morteruelo como afrodisíaco sicalíptico. Están, por supuesto, el tonto perdido, el tontón, el tontilán, el tonteras, el tontorrón, el tontunas y el tonto de capirote, que excuso comentar aquí por no fatigar al lector, no sea que nos entre el tontillo. Pero yo quería referirme a esa genuina especie que viene siendo el tonto-baba, muy abundante, por ejemplo, entre los vivales del artisteo, esos seres tocados por la gracia que regüeldan en un escenario o en un salón de actos y el público, como artistas de culto que son, aplaude arrobado, aunque tras el regüeldo no haya una pizca de arte ni, siquiera, una brizna de seso que les ladre. Y todavía renegamos porque nuestro hijo, incondicional de tales charlotadas, no nos come o se pasa el día contando musarañas. Pa chasco.

 

El Día de Cuenca
14 de marzo de 2007.