Paco Mora. MÁSCARAS

Máscaras

 

La noche anterior tuvo un sueño tonto. Caminaba por una calle y todo aquel con el que se encontraba carecía de rostro. Donde comúnmente se sitúan la nariz, los ojos, la boca, las orejas, aquellos tipos tenían un melón de carne pulido y lisísimo, sin protuberancias y orificios aparentes. Daba cierto repelús ver a esa caterva de seres con una gran patata plantada en el cuello, donde debiera estar la cabeza, de tal modo -y eso era lo más inquietante- que todos los hombres y mujeres resultaban ser básicamente la misma mujer y el mismo hombre, al carecer de rasgos específicos que los caracterizaran. Si acaso, podían distinguirse unos de otros por la altura, la corpulencia o la variedad de pegotes de carne que amueblaban sus hombros. Los había ovoides y esféricos, como berenjenas, higos chumbos o uvas pasas, del tamaño de un obús, una sandía o una manzana. Curiosamente, aunque carecían de los órganos propios, todos veían, oían y hablaban con naturalidad (¿por dónde les saldría la voz, sin boca?) De hecho, en el "buenos días" que le dedicó el señor de traje gris y melón apepinado reconoció la voz del gerente de su sucursal bancaria. Pero eso fue la noche anterior. Esta mañana, cuando se ha levantado y se ha puesto frente al espejo del baño, no le ha horrorizado tanto descubrir que también él calza una pelota de carne pulida por cabeza, cuanto que ésta tiene forma de pera. Con la alergia que le da la pera. Una bombilla, piensa, también puede ser una bombilla. Y respira aliviado, no quiere saber por donde.

 

El Día de Cuenca
28 de marzo de 2007.