Paco Mora. DE LIBROS

De libros

 

Hay libros que se nos vuelven mancos; apenas superadas las primeras líneas, nos muestran su muñón gangrenado: son aquellos que se nos caen de las manos como pesadas losas sin epitafio. Y hay libros con pelusilla y libros calvos, disimulan su alopecia con ungüentos y mejunjes que se dirían destilados en el alambique de la bruja Piruja de nuestros terrores infantiles. Hay libros bizcos y libros que por ojo gastan un ombligo de cíclope: son los que se regodean en su otro yo contrariado y, vistos a través de un espejo, nos devuelven el rostro de su autor, deformado y monstruoso como el de Dorian Gray. Hay libros a tumba abierta, libros a calzón caído y a la remanguillé; éstos gozan hoy de gran predicamento, pues suelen estar escritos por gentes que no escriben, o sea, por escritores que están en otras cosas, mientras sus negros haraganean de acá para allá engarzando unas páginas de Shakespeare en otras de don Marcial Lafuente Estefanía. Hay libros-petardo, libros-balaguero, cariacontecidos y culiacartonados, que en su batiburrillo de paladares, pretendiendo gustar de todo no saben al fin a nada. Hay libros deslibrados, desfachatados y con facha de sepulcro blanqueado, y libros que se nos hacen huéspedes entre los dedos…
Pero también hay libros-libro, libros libres en cuya libertad nos va la vida. Libros que son el aire que respiramos, la sed que nunca se sacia, el colmado que nutre nuestras emociones. Libros que hurgan en nosotros mismos y no escatiman esfuerzos por hacernos mejores; libros que son toda nuestra hacienda, la vida que a raudales nos crece la vida propia, y la muerte que nos muere un poco menos…
El lector documentado observará que los anteriores párrafos son un plagio descarnado y decididamente alevoso de un texto de Juan Carlos Brunni. Descuide el lector, cuento con la complicidad y la anuencia del ilustre escritor, y si me he permitido la desfachatez de entrar a saco en su prosa, mi impulso ha sido noble. En una semana dedicada al libro, qué mejor que imitar a los maestros y, a través de ellos intentar, siquiera sea desde esta esquina, transmitir el amor por la letra impresa, el inmenso placer de la lectura; más si se hace con palabras tan libres y bienhumoradas… Por-que, a qué engañarnos, caro lector, si yo me pongo estupendo y escribo cosas de mi propio puño, tal que: "Si los hombres dedicasen una mínima parte de sus energías a la lectura, a leer de todos los libros en su maravillosa diversidad, probablemente el 11-M sería un mal sueño, Hitler un personajillo de teatro de títeres y esa mujer degollada por el asno de su marido estaría todavía aquí, compartiendo con nosotros el don de su vida…", ¿tú crees, lector, que alguien me tomaría en serio? Y sin embargo es cierto; pero un escritor de provincias debe saber cuál es su sitio, el espacio que ocupa y el tiempo que le cunde. Pues eso.

 

El Día de Cuenca
28 de abril de 2004.