Paco Mora. CACEROLADAS Y PUCHERAZOS

Caceroladas y pucherazos

 

Algunas imágenes de la vida cotidiana están siendo abolidas de nuestra realidad inmediata y más pronto que tarde quedarán relegadas al estrecho marco de la literatura retro o, a lo peor, a casposas sesiones de cine barato. Y no hablo tanto de aquella tierna escena de antaño en la que nuestra abuela preparaba durante toda una mañana, al amor de la lumbre, un puchero de potaje que luego nos sabía a gloria bendita, cuanto de esa otra, más reciente, en la que nuestra madre estrenaba olla a presión con su pitorro en medio, un artilugio modernísimo que te hacía el cocido en un pispás. Se acabó todo eso. Ahora, en las tiendas de electrodomésticos comienzan a hacer furor las ollas, hornos, lavavajillas y lavadoras inteligentes. Ollas que cocinan solas (sin interferencia humana) y que se comunican con la placa vitrocerámica ordenando el nivel de calor que en cada momento de la cocción necesitan las alubias que tenemos hoy de menú. Hornos que tras cocinarnos un primer plato, un segundo y un postre de una sola tacada, se autolimpian como por arte de birlibirloque. Lavavajillas que evalúan el nivel de grasa de nuestros cacharros y actúan tan campantes en consecuencia. Aparatos, en fin, autosuficientes, refractarios a la huella humana, que trabajan por su cuenta y se bastan y se sobran para solucionarnos en un santiamén las más engorrosas tareas domésticas.
Bien por el progreso. Yo me apunto. Lo que no sé es si esa olla ultrasónica, por ejemplo, guisará a mi gusto el estofado que tanto me pirra o lo hará al suyo, mucho más aséptico y soso, sin duda. Y no quiero imaginar el día en el que las radiofrecuencias de todas estas máquinas superdotadas se enreden entre sí y la olla centrifugue los garbanzos mientras la lavadora cocina con nuestra ropa interior una vichisuá. En fin. Daños colaterales aparte, lo que parece claro es que esa forma de protesta tan nuestra, la cacerolada, tiene los días contados: sin cacerolas nadie sacará a la calle una olla semejante para dar la bulla, entre otras cosas porque nos ha costado un pico. Los pucherazos, con o sin puchero, no corren peligro alguno, sin embargo. Son fruto de las más oscuras ambiciones humanas y éstas, mal que nos pe-se, hoy por hoy siguen cotizando al alza entre nosotros.

 

El Día de Cuenca
12 de mayo de 2004.