Paco Mora. OTOÑAL

Otoñal

 

Desde la ventana de la casa del escritor el otoño, ya se ve a las claras, otoñea con desgana, otoñea mal y como sin gracia, se conoce que este año andan revenidos los ocres –quizá aún es pronto- y el tiempo, siempre tan suyo, se demora en aprensiones de un verano que se nos quedó a medias. Y el caso es que la calle, desde la ventana de la casa del escritor, va cobrando una luz distinta; es una luz pajiza, densa y tibia que por un extraño azar, según avanza la tarde, a uno le retrotrae a un lugar remoto de su infancia, un lugar que todavía supura su bilis negra cuando alguna noche de insomnio los propios fantasmas –y los demonios ajenos- arrastran sus cadenas por nuestros miedos.
Pero tampoco es cosa de dar cuerda a la melancolía. En el edificio de enfrente, la viejecita de la toca negra, sentada en su balcón, entretiene la tarde entre rezos y bisbiseos: le marcan el compás las cuentas de un rosario que desgrana entre sus dedos; a su lado, el viejo del chándal gris –brazos al frente, arriba, en cruz y abajo- va haciendo, disciplinadamente, los ejercicios de su tabla de gimnasia. Los operarios que lavan la cara al ladrillo del edificio contiguo los miran hacer y sonríen y cuchichean colgados de sus arneses, ¡qué vértigo!, mientras unos niños juegan a la pelota en el patio del colegio y cruza la calle un tipo de grandes mostachos, etcétera. Y, sin saberlo, todos escriben la crónica de lo cotidiano sobre la que hoy el escritor, otoñal perdido, levanta su columna minutísima.

 

El Día de Cuenca
17 de octubre de 2007.