Paco Mora. TELARAÑAS

Telarañas

 

El Bizco de Jordás era el hombre más cándido y singular que hayan conocido los siglos. Siendo un formidable pendolista no sabía, sin embargo, leer. Para él, las letras eran signos o dibujos que se limitaba a trazar en el papel con un primor que ya hubiesen querido para sí los más preclaros escribas de la antigüedad. Su fama llegó tan lejos que jamás le faltaron encargos, y así, igual copiaba legajos y manuscritos enredosísimos, que pasaba a limpio la encendida carta de amor de un vecino con mala letra. Pero jamás pudo leer aquellas soberbias palabras que su plumín plasmaba en el papel con la pulcritud y la delicadeza del miniaturista. Y eso le llevó a la perdición. Eso, y la brutal época que le tocó vivir. El Bizco de Jordás, de quien afirmaban que lo de la eme con la a: ma no le entraba ni con calzador, fue detenido con unos papeles comprometedores a mediados de abril de 1939. Eran un encargo más, de los muchos que durante la guerra, aprovechando su proverbial ingenuidad y su analfabetismo, le habían encomendado desde el bando perdedor. Lo demás son telarañas de la memoria. Las huellas del Bizco se borran, aunque no hay data fiel de ello, ante la tapia de un cementerio unos meses después. En el instante final, frente al piquete, tal vez quiso ver aquellas balas que le mordían el pecho como fechas de ballesta (así llamaba él a la letra t), como la postrera traición de esas ballestas que tantas veces había caligrafiado, mimándolas, a lo largo de su vida.

 

El Día de Cuenca
14 de noviembre de 2007.