Paco Mora. GRAFITOS

Grafitos

 

No hay manera. Por más que invirtamos en borrar sus cagaditas, los grafiteros callejeros, esos pintorzuelos de baratillo y balaguero, siguen poniendo perdida la ciudad con sus garabatos de parvulario. Y lo peor es que a su proverbial incapacidad para el arte añaden una ignorancia patológica, pues se jactan de que lo que hacen es el colmo de la modernidad: una manifestación única y acabada de las artes plásticas de nuestro tiempo. Pobretes. No saben, claro, que la cosa del grafito viene de lejos. No saben de Pompeya, por ejemplo, quizá el mayor yacimiento de "grafitti" -se cuentan por decenas de miles- del mundo antiguo. Los pompeyanos grafiteaban sus paredes como medio de expresión, o sea, con sentido. Ahí daban rienda suelta a sus emociones y a sus demonios; mostraban sus decepciones, sus ardores sexuales o su crítica política; plasmaban sus deseos, sus costumbres, sus debilidades. Y muchas veces lo hacían de modo soez, brutal incluso, y acompañaban sus frases con explícitos dibujos de falos, príapos, faunos, etc., pero esos grafitos se han convertido en una fuente fundamental para conocer la vida cotidiana de la ciudad y la lengua de la calle, de la que escasean los testimonios escritos. Si los arqueólogos del año seis mil encontraran como único vestigio de nuestra época una cantera de grafitos de hoy, concluirían que fuimos una civilización poco evolucionada, que andaba en las primeras etapas del garabateo manchando de gurrapatos y rayugeles sus paredes.

 

El Día de Cuenca
21 de noviembre de 2007.