Paco Mora. EL FRÍO

El frío

 

Mi amigo Sebastián regresó de sus vacaciones hace un par de días. "Deshecho", dice mientras tomamos unas cañas en nuestro bar de siempre, "vengo deshecho". Y con la voz entrecortada y un inquietante tic -que antes no tenía- en el ojo izquierdo, va desgranando el rosario de calamidades que ha padecido durante su mes de reclusión en el apartamento de una conocida playa levantina. "Tú tan exagerado como siempre, Sebastián", le digo por mitigar la tensión que se masca en el aire, "no habrá sido para tanto". "¿¡Que no!?", grita de pronto, manoteando como un poseso, "¡a ti te querría yo ver en ese cuchitril de cuarenta metros cuadrados con la mujer, las tres crías, la suegra y el abuelo! ¡Una jaula de grillos!". Por un momento he pensado que Sebastián iba a echarse a llorar pero tras un breve silencio ha apurado la cerveza de un sorbo, ha pedido al camarero que llene los vasos y ha soltado de corrido: "Lo peor no es que las medusas se cebaran con mi pequeña, que la pobrecita ha consumido sus horas de sarpullido en sarpullido, ni que mi suegra, a su edad, se paseara por ahí en topless, más tiesa que un ajo, todo el santo día; ni siquiera que el abuelo haya sufrido una de sus peores crisis de flatulencias, o que el agua del mar estuviera como el caldo y para conseguir un palmo de arena donde plantar la toalla hubiera que pedir la vez. No. Lo peor, con todo, ha sido el calor, la sofocante chicharrera que caía a plomo día y noche. Porque con ese grado de humedad hasta en la madrugada te ahogabas con cada buche de oxígeno. ¡Y sin aire acondicionado en el apartamento! Recordé que Marilyn Monroe, en "La tentación vive arriba", metía su ropa interior en el frigorífico. No digo nada del día en que mi suegra descubrió mis calzoncillos entre los tomates y las lechugas. Se armó la marimorena. Pero a mí me refrescaba, qué quieres; la Monroe no era tonta. Con lo que no contaba yo es con la infección de orina. He cogido frío en la vejiga y no hay antibióticos que me alivien. No veas en el váter, qué dolores y qué escozor más grande. Parece que meara toda la sal del mar. Salmuera pura. Y por si no fuera bastante, cada vez que me pongo a la faena se me representa mi suegra en topless gritándome unas burradas tremendas con mis calzoncillos helados en la mano. Un sinvivir. Estoy acobardado".
Me temo que este año mi amigo Sebastián, además de mear con fatiga y mucho frío, vendrá a engrosar la larga lista de enfermos aquejados de depresión posvacacional.

 

El Día de Cuenca
20 de agosto de 2003.