Paco Mora. NUBES DE AGOSTO

Nubes de agosto

 

Nuestros veranos de entonces, de cuando entonces, olían a chubasco y paloduz, a estirón, pan con aceite y hierbabuena. Del Puente de Palo a la Piedra del Caballo un pavo boreal, un pavo sin pava ni conocimiento desplegaba sus alas ante nuestros ojos púberes, y a su musa embaucadora (a la de la edad del pavo, digo) nos entregábamos con ahínco, con el afán irresponsable de unos muchachos que, tirando a pobres y a paletos, apuraban el tiempo entre su nada, su nunca y su baldío.
En Ferias, o sea, por estas fechas, el dulce Santo canastero de Cuenca traía una cestilla de ruido y colorín recién trenzada a los descampados de Los Moralejos. La tómbola del Terremoto rifaba a voces su género -perniles y peluches, mayormente- frente al teatro chino de Manolita Chen, que plantaba la carpa y sus reales entre aromas de fritanga, quisquilla y censura previa, impuesta, claro está, por estricta orden gubernativa. El Régimen -así, con mayúscula: la dictadura imponía mucho- agonizaba en su cama de alcanfor, escupidera y bisoñé sin que nos diésemos cuenta (los chicos estábamos en otras cosas) y a la ciudad, pálida ya de soles y turistas, temblona y reconcentrada en sí misma, se le iba el fuelle por Mangana al ritmo de unas horas diurnas cada vez más cortas.
Para los chavales de entonces la feria se limitaba, o casi, a los autos de choque. Gastábamos las horas sobre aquella pista en falsete siguiendo las evoluciones de la muchacha de la cola de caballo (y compañía). Los bafles escupían con insistencia "Charly", del trío Santabárbara y las baladas lapislázuli de Albert Hammond y Gilbert O'Sullivan, mientras por nuestras melenas greñudas -que con los vaqueros acampanados, los zapatos de plataforma y los niquis de cordones componían el atuendo del hortera genuino- se nos escapaban la gracia y las ganas y la voluntad: siempre eran los otros los que, al final, ligaban con la de la cola de caballo (y compañía).
Disculpen el tono y la nostalgia, pero es que hoy comienza a hacer treinta años de casi todo. Y contra el fluir del tiempo no nos quedan más que unas pocas palabras gastadas y unas cuantas fotografías amarillas.

 

El Día de Cuenca
27 de agosto de 2003.