Paco Mora. EL HULE

El hule

 

No hace mucho, Juan José Millás ponderaba en un artículo, con su característico humor teñido de melancolía, las excelencias del hule como mantel de las casas humildes de antaño. Se sorprendía él de que las generaciones últimas -las de sus hijos, por ejemplo- lo miraran poco menos que como a un alienígena cuando alguna vez, llegada la hora de la cena, se le aparecían los fantasmas de su infancia y decía sin querer: "Poned el hule, hijos", pues si no conocían la existencia de ese material gomoso, mal podían saber de su uso y utilidades. Millás, escritor capitalino, ignora que en las casas de ciudades como Cuenca sigue siendo frecuente oír en ciertos momentos del día: "Trae el hule, hijo, que vamos a comer", como si no hubieran pasado los años y los manteles de tela o hilo no existieran o solo sirvieran para engalanar la mesa en ocasiones señaladas.
A principios de los años ochenta del pasado siglo viví largo tiempo en una pensión de la calle Albatros de Madrid. Entre las singularidades de aquella casa sainetera y mal oreada no era la menos curiosa el hule que vestía la mesa camilla del cuarto de estar/comedor. El hule -que permanecía siempre puesto a modo de tapete- tenía dibujado a gran escala un mapa político de España con mucho colorín y algunas canas; en realidad se trataba de la infausta España de hacía unos años, con Castilla la Vieja y Castilla la Nueva trazadas a escuadra y cartabón sobre un águila imperial despelucha-da y llena de flechas. Pocas veces un mapa ha sido tan resobado y por manos de pelaje más variopinto: desde un ruso que gritaba en sueños como un barítono desgañitado (voceaba en ruso, por supuesto), hasta el gerente extremeño de un dudoso Topless de la Vía Carpetana al que una tarde se le cruzó en el camino una bala que le partió el corazón. Pero nadie como Juan. Juan -el pensionista más antiguo de la casa- era un alma cándida de edad indefinida, empleado de mozo de carga en unos almacenes. Todos los unos de cada mes volvía del trabajo con un sobre de papel de estraza que contenía el dinero de su salario. Nada más llegar acercaba una silla a la mesa, sacaba las perras del sobre -así decía él, las perras- y tras contarlas varias veces hacía montones. Sobre la provincia de Alicante disponía el montón con los billetes para pagarle a nuestro casero, el señor Emilio, la pensión del mes, sobre la de Murcia el montoncito del bonobús y el tabaco y sobre la de Albacete el resto (apenas lo suelto) que gastaba corriéndose una juerga muy triste, esa misma noche, en La Ballesta. El mes entero, pues, lo pasaba sin blanca, de manera no salía de aquel cuarto más que para dormir e ir al trabajo. Un día a Juan le robaron el sobre de estraza con la paga.
Hoy la pensión, según creo, ya no existe, así que esta historia no tiene ni final ni moraleja. Aunque me consta que el hule sigue allí. Huleando por una España vieja y muy gris como si tal cosa.

 

El Día de Cuenca
10 de septiembre de 2003.