Paco Mora. ESQUELAS</H1>

Esquelas

 

En cierta ocasión conocí a un tipo que coleccionaba esquelas. Pero no unas esquelas cualquiera, solo las de los muertos de su misma quinta. La afición -debería escribir fijación- le venía de antiguo. Cada día hacía una ronda por las cafeterías, con unas tijeritas de costura en el bolsillo, y buscaba entre los periódicos nuevas piezas para su álbum. Si la caza se daba bien regresaba a casa de buen humor, a pesar del gusanillo que le cosquilleaba en el estómago: a veces se sentía como un ladrón de lápidas recortando los diarios, pensaba que de algún modo lo suyo era una profanación. Pero su monomanía le empujaba a transitar territorios aún más escabrosos. Si el finado era de la ciudad acudía al cementerio y desde un discreto segundo plano seguía el enterramiento con una sonrisa en los labios. "La sonrisa", aseguraba, "no es por el muerto, sino por el vivo que soy yo, por la suerte que tengo de mantenerme en la vertical mientras los de mi edad caen como moscas". Cuando este individuo falleció nadie acompañó a su ataúd al camposanto; nadie se atrevió a reírle la muerte.
Hoy estarán de enhorabuena esos otros sujetos -estoy convencido de que los hay- que comparten estos gustos siniestros, porque a su catálogo de esquelas necrológicas podrán agregar un bonito apéndice con las esquelas tabaquiles que les han puesto recientemente a las cajetillas de cigarrillos. Están muy bien estos mensajes espeluznantes advirtiendo que fumar es mortal de necesidad en grandes letras negrísimas y enmarcados, como está mandado, en sus recuadros de luto (les falta la crucecita arriba, sugiero); y están muy bien porque dicen la verdad y porque con ello los gobiernos entran a saco en la moda de la truculencia y la cultura basura, tan denostada, que alcanzará su clímax cuando en las cajetillas pongan además esas chuscas fotos de enfermos terminales con las que amenazan. Está bien, insisto, pero tampoco estaría mal distraer un dinerillo de esta nueva campaña antihumo para ayudar a esos muchos fumadores que quieren dejar el hábito y no pueden: si han de morir, al menos que no mueran acojonados entre cruces negras. Otra sugerencia: las tapicerías y salpicaderos de los coches podrían decorarse con motivos que mostraran brutales accidentes de tráfico, con mucha víscera y sangre; y las botellas de güisqui con un hígado hecho mistos. Por ejemplo.

 

El Día de Cuenca
24 de septiembre de 2003.