Paco Mora. OTOÑO

Otoño

 

Si no fuera por estos días iguales, repetidos, sin historia, insultantemente hermosos del otoño, la vida sería tan aburrida… Pero cómo describir este árbol que se desgrana ante mis ojos en ondas cobrizas, de qué modo atrapar esta luz aún no usada sin poner una palabra más alta que la otra, para que su melodía sea armoniosa y se acompase a la gracia del sonido del río que fluye ahí abajo.
Yo no sé, sabría, quizá, pero hoy en mi cabeza llueve a cántaros y no tengo paraguas ni chubasquero, así que al columnista solo le queda mirar procurando capturar la instantánea de este día de otoño, repetido, igual, sin historia: como cada mañana a esta hora, una interminable hilera de adolescentes cruza el puente sobre el Júcar, camino de los institutos; algunas muchachas huelen a verde, a despecho de los ocres encendidos de los castaños, otras caminan sin prisa, arrastrando sus pasos y tal vez los jirones de un sueño todavía a medio dormir o a medio soñar; los muchachos, más ruidosos, vocean su galimatías entre visajes y aspavientos, espantando a las ardillas del parque cercano, y poco a poco van saliendo unos del cuadro y entrando otros, casi iguales, repetidos, con su pequeña historia deshilachada en los bolsillos.
Y de repente una muchacha entra en escena. Es pálida, menuda, como de otra época, abraza los libros y cuadernos contra su pecho con un rubor muy triste y muy antiguo, apenas habla con las compañeras que la acompañan, solo camina procurando acomodar el ritmo de sus cortos pasos a la larga zancada de las otras, para no quedarse atrás. No siempre lo consigue. Cada poco ensaya una breve carrera para ponerse a la altura. Las compañeras están en sus cosas -hablan por los codos- y no prestan atención a sus cómicos esfuerzos por alcanzarlas. De pronto, inopinadamente, la muchacha cae desfallecida sobre un lecho de hojas secas. Ha sido una caída teatral, como a cámara lenta, con sordina. Las compañeras acuden en seguida a socorrerla, alarmadas; una le levanta la cabeza y la incorpora un poco, otra le habla y le da palmaditas en la cara, la tercera recoge sus libros, que han volado por los aires con gran estrépito de letras volcadas.
El hecho que refiero no tendría nada de particular (una vulgar lipotimia) de no ser porque el desvanecimiento ha coincidido con el sutilísimo "golpe" que le ha propinado a la muchacha la hoja desprendida de una rama; hecho éste, por cierto, del que nadie se ha dado cuenta, quizá porque desprende un tufillo bucólico demasiado rancio.
Pero es que a los hombres, a veces, nos pasa como a las hojas del chopo: nos venimos abajo con el primer empentón del otoño.

 

El Día de Cuenca
22 de octubre de 2003.