Paco Mora. GRASA Y HUMO

Grasa y humo

 

Hace unos días oí por la radio que a algún lumbreras del gobierno británico se le ha ocurrido la idea de excluir de la seguridad social a los fumadores y a los gordos. Se supone que los males de estos contribuyentes defectuosos derivan de su gordura y de su adicción, es decir, de su condición de viciosos irredentos; en consecuencia, el erario público no tiene por qué apencar con los vicios ajenos. Me puse a temblar. Imaginé de inmediato a nuestros mandamases del ministerio español del ramo tomando nota de la ocurrencia anglosajona y echando cuentas. Como dijo alguien, si se trata de culpabilizar al paciente de su enfermedad, por qué no excluir también a ese peatón irresponsable que es arrollado por cruzar la calle sin mirar.
Bien sé que con la grasa sobrante de nuestra sociedad sobrealimentada comería tres veces al día la población completa de dos continentes que se mueren de hambre, y que con el dinero que quemamos al año en tabaco calefactaríamos los inviernos de ese medio mundo que pasa mucho frío, por tanto deberíamos atender esa voz interior que, a modo de conciencia, chorrea por nuestros michelines y nuestras lorzas y nuestros pulmones enhollinados. Pero de la reflexión personal al decreto ley, media un abismo.
Lo peor de todo, sin embargo, es que cuando consigan que tengamos un cuerpo políticamente correcto nuestra memoria sentimental sufrirá una mella irreparable. Uno, de viejo ya no podrá ser como su abuelo Fidel: la imagen más hermosa que de él guardo lo sitúa en el cuarto de estar de mi casa, con la pava de un cigarro adherida a la piel como una prolongación de su labio inferior, contándome una historia de bandoleros. Sin ese tabaco apestoso sus cuentos habrían sido algo así como Casablanca sin el "Rick's Cafe" y sin Humphrey Bogart prendiendo pitillos a todo pasto. Ridículos. Mi abuelo murió con noventa años cumplidos, sin probar boticas, con sus transaminasas y sus triglicéridos y su colesterol batiendo palmas acompañándolo en el paseíllo. Era tarde de toros. Daban las cinco.

 

El Día de Cuenca
25 de junio de 2003.