Paco Mora. EL AGUINALDO

El aguinaldo

 

Moisés frotaba el carrizo de la zambomba de arriba abajo, de abajo arriba, escupiéndose mucho en la mano, e intentaba compensar la ronquera del instrumento con los rizos de su voz, blanca todavía (Moisés era el solista del trío), blanca y preciosista y trina, casi, decían, como la de Joselito. Guillermo, cortadísimo siempre -a Guillermo el público le imponía mucho- deslizaba la cuchara sobre la botella de anís con más voluntad que gracia y su voz cambiante ponía una nota de moscardón en el fondo de la tonada. Yo (que me ocupaba de la parte rítmica) procuraba acompasarme al sonsonete que marcaba Moisés con mi voz atiplada y un poco sosa, y me dejaba el alma y las yemas de los dedos en el pellejo de la pandereta. Nuestro repertorio se componía, básicamente, de tres platos fuertes: el Ande, ande, ande la marimorena / ande, ande, ande que es la Nochebuena; el Veinticuatro de diciembre, zum, zum, zum y el hit Pero mira cómo beben / los peces en el río, / pero mira cómo beben / por ver a Dios nacido. Teníamos poco espacio para la improvisación. En las casas más generosas, después del recital, nos daban dos reales e incluso una peseta, en las cicateras, unas perras gordas; y en casi todas debíamos conformarnos con unos mantecaos y un buche de anisado, apenas lo justo para mojarnos los labios y recibir en el paladar un extraño y picantoso burbujeo que, como niños, aún nos estaba vedado el resto del año.
Escribía uno tiempo atrás que hace ya más de treinta años de casi todo. Para un niño, en un pueblo conquense de los años 60, la ilusión de la Nochebuena era así de sencilla: tras la cena familiar -una cena igual a la de cualquier otro día salvo por los postres y dulces que horneaba nuestra madre en la tahona- nos sumergíamos en la magia de la calle y de la noche e íbamos de casa en casa pidiendo el aguinaldo. Ninguna puerta permanecía cerrada. A cambio, debíamos ahogar a golpe de villancico a cuanto pez nos saliera al paso y dar la matraca a la Marimorena hasta que chorreara mantecaos por las guedejas, la pobre, debe ser ya tan viejecita… Hoy nadie parece acordarse de todo aquello (y estaba bien) y a nuestros niños lo del aguinaldo les debe sonar a cosa del Jurásico. En fin. Feliz Navidad a todos. Y cuidado esta noche con el marisco, que es muy traicionero.

 

El Día de Cuenca
24 de diciembre de 2003.