Paco Mora. EL CABALLO DE CALÍGULA

El caballo de Calígula

 

Hay políticos que se lían con las palabras y quedan atrapados para siempre en una frase. Y se debe tener cuidado con las cosas que te llevas a la boca porque las palabras son muy enredadoras y, a poco que te descuides, te ponen perdida la lengua de dejes y muletillas. Los adverbios, por ejemplo, te pueden hacer dar piruetas y brincos en el aire al buen tuntún, los nombres comunes empeñarse en que camines sobre el propio terreno y los adjetivos sumirte en el sueño y en su espiral de ofuscaciones y fingimientos, de manera que cuando llegas al verbo descubres con pavor que la frase es un péndulo que en cada sacudida te manda del sujeto al predicado, del predicado al sujeto, en una oscilación interminable que te deja turulato.
Que se lo digan, si no, a Aznar -pongamos por caso- y a su "España va bien", su "váyase Sr. González" y su "mover ficha", términos con los que ha superado al transitivo Adolfo Suárez (y aun al intransitivo Felipe González) pese a su facilidad para la frase festoneada y luminosa. En un ámbito estrictamente local podría decirse algo parecido de Martínez Cenzano y su "ciudadanas y ciudadanos" de manual del correcto político, cual corresponde a una ciudad moderna y educada como Cuenca, y también de Marina Moya y sus palabras coquetamente nasales, que impregnan el aire de un aroma tibio y gutural.
Con los políticos de última hora es otra cosa. Satisfechos de sí mismos, han renunciado al deje y a la muletilla, lo cual genera no pocos conflictos de identidad (miren qué guirigay estos días en la Asamblea de Madrid); conflictos que confunden al elector más avisado, pues ya no sabe si, queriendo votar al Monstruo de las Galletas -su favorito- en realidad ha dado su confianza al Hombre del Saco o a Perico el de los Palotes.
Sin ser tremendos: tomemos el ejemplo de Calígula, que nombró senador a su caballo y no pasó nada. La decadencia del Imperio Romano no adelantó por ello ni un segundo. Muy al contrario, se asentó y siguió su curso tan ricamente.

 

El Día de Cuenca
02 de julio de 2003.