Paco Mora. SEX APPEAL

Sex appeal

 

De los clásicos del cine negro uno admiraba el aplomo, la gabardina y el sombrero. En aquellos hombres sin fisuras, compactos, casi rocosos, uno envidiaba la épica pero, sobre todo, la lírica. Porque había que ver la mano que se daban con las mujeres. Y era igual si se trataba de una rubia platino de pechos puntiformes, una morena de mirada volcánica o una lánguida pelirroja con trazas de campesina. Por más que ellos las trataran con desdén, por mucho que las enredaran en sus embustes y las usaran de felpudo o florero, bastaba una simple caída de ojos, un gesto con el sombrero o una chulesca calada al cigarrillo para que ellas cayeran rendidas a sus plantas, traspasadas hasta el tuétano por las hechuras de ese macho de una pieza. Tan macho y tan de una pieza que no daba un palo al agua. Porque esa era otra: el tipo con sombrero no arrimaba el hombro en casa ni bajo prescripción facultativa. Era ella, su chica, la que planchaba las camisas, preparaba el rosbif y estiraba las sábanas.
Ahora las cosas han cambiado. Aquellos personajes en blanco y negro (otro mito adolescente que se desvanece) hoy no se comerían una rosca. Dice un estudio reciente que la mujer actual encuentra más atractivo al hombre que colabora en las tareas domésticas que a ese otro que se tumba a la bartola. Vaya por Dios, media vida ladeando sonrisas a lo Bogart para nada. Dice también la encuesta que los hombres musculosos -esos animales de gimnasio aspirantes a sacos de clembuterol- tampoco resultan ya apetecibles; ellas prefieren ahora al tipo corriente entregado a sus sartenes y a sus cacerolas. Con los disparates de la estadística podría hacerse una bonita antología del humor cáustico.
Y esta vez será verdad, no lo dudo, pero uno, que desde que se acuerda ha compartido los trabajos de casa, no cree que su sex appeal despierte por ello demasiadas pasiones. Claro que uno no se fija mucho en estas cosas. Debo admitir, no obstante, que desde hace unos días procuro tender la colada, cuando toca, en hora punta y en el tendedero del patio de luces, para que se enteren mis vecinas. Por si acaso.

 

El Día de Cuenca
09 de julio de 2003.