Paco Mora. DE MACACOS Y RATONES

De macacos y ratones

 

En el Instituto Max Planck de Tübingen, en Alemania, un grupo de científicos ha concluido una investigación que prueba lo que hace tiempo intuíamos: la expresión de sentimientos y emociones no es algo privativo del ser humano, también los animales (en este caso monos macacos) son capaces de mostrar, mediante un rudimentario lenguaje facial y oral, sus angustias y sus placeres, sus dolores y sus pasiones más íntimas. Tras diversos experimentos, que sería largo y fatigoso detallar aquí, se demuestra que esos gestos y esos sonidos guturales tan chuscos a los que acostumbran nuestros hermanos los simios, son algo más que monerías de atracción de barraca de feria; responden a una suerte de sistema de comunicación por el que identifican los vaivenes e impulsos de su corazón.
De otro lado, en el Centro Nacional de Investigación Científica de Francia, un equipo de estudiosos ha conseguido crear en sus laboratorios una raza de ratones deprimidos. Para lograrlo han sometido a doce generaciones de roedores -suponemos que con hondo pesar- a los más terribles tormentos y suplicios. Pero ha merecido la pena: finalmente una nueva casta ratonil de individuos apáticos, resignados y sin ganas de vivir ha visto la luz, aunque sea una luz negra negrísima como la pez que los condena al infierno de la tristeza para siempre. El objeto de tan cruel experimento es comprender mejor la depresión humana -esa plaga que nos asola- y ensayar nuevos tratamientos más eficaces pues, aunque parece ser que la depresión de los ratones y la de los humanos no tiene las mismas causas, sí tiene efectos parecidos y sí responden ambas a la administración de ciertos fármacos.
He querido juntar en esta columna descacharrada a macacos y ratones para hacer notar el diferente trato científico que damos a unos anima-les y a otros, por más que el fin, en este caso, justifique los medios. Mientras a aquellos los estudiamos con mimo y paciencia para procurar entenderlos, a éstos los torturamos sin piedad para intentar comprendernos a nosotros mismos. Nada, por otra parte, que no hagamos a diario con los de nuestra especie. No hay más que mirar la foto -si es que nos queda un resto de conciencia- de ese niño africano que hoy traen los periódicos, agonizando, en puro hueso, entre los terrones calcinados de su suelo baldío. Al pasar página, nos choca la sonrisa satisfecha del retoño de una conocida "artista" del petardeo. Se retrata ante su nueva play station de ultimísima generación, el más reciente regalo de mamá. O de uno de sus novios, vaya usted a saber; que no sabe nadie lo que le cuesta a esa madre llegar a fin de mes.

 

El Día de Cuenca
30 de julio de 2003.