Paco Mora. 13 Y MIÉRCOLES

13 y miércoles

 

Con los números pasa como con nuestros vecinos, que unos nos caen bien, a otros los toleramos, los más nos resultan indiferentes y a alguno no lo tragamos ni en pintura. Será que los números gobiernan nuestra vida de principio a fin y por más que queramos ignorar su influencia son ellos los que miden nuestras emociones, pesan nuestros sentimientos y cuentan nuestros pasos. Quizá por eso hay números a los que ponemos un nombre, o un mote al menos, y a otros preferimos no nombrarlos. Decimos 7, 15 o 69 y casualmente evocamos cosas placenteras que de un modo más o menos trivial y tontorro relaciona sus grafías sinuosas con nuestra vida. Decimos 8843 o 9124 y nos dejan fríos, por enredosos y por su escasa capacidad sugeridora, como no sean (traducidas a euros) las cifras del salario mensual que desearíamos ganar por no dar un palo al agua en la oficina.
Y es que, en tratándose de aritmética -no digamos ya de numerología- la cosa de los guarismos tiene su miga. ¿Se han dado cuenta de cuántas clasificaciones de números existen? A todos nos hablaron en la escuela de números primos, enteros, quebrados y capicúas, pongamos por caso, incluso de pi, que es una cifra con kilómetros de decimales disfrazada de letra griega, pero nadie nos dijo nada de números imaginarios y deficientes, amigos y cósicos, sordos y cabales. Por no hablar de los irracionales, inconmensurables, congruentes, sólidos, superantes y fatídicos. En fin, todo un espigado manojo de adjetivos que uno no sabe si queriendo humanizar la pura abstracción convierten en abstruso y sincopado lo que pretendemos humano.
Repara, paciente y supersticioso lector, en que hoy es el único miércoles del año que cae en 13, es decir, en un número fatídico. Mala suerte. Yo que tú tendría a mano un tarugo de madera o, en su defecto, pisaría una buena mierda perruna de esas que adornan las aceras de nuestra ciudad, que para eso están las mierdas. Y las aceras. Por mi parte, admito que he escrito estas líneas deslavazadas a mano porque, como tantos treces, algún pirata informático ha llenado mi pantalla de manchas de luz y bombillitas ciegas. Y no era cuestión de emborronar mi prosa endosándote un artículo de cuerpo presente. Aunque fuera virtual.

 

El Día de Cuenca
13 de agosto de 2003.