Paco Mora. LAS MANOS

Las manos

 

Con las manos se amasa el pan, pero también se activa el garrote del ajusticiado. Hay quien solo tiene manos para la caricia y quienes meten sus sucias manos en nuestros sueños, y los ensucian. Los hay que viven con una mano delante y otra atrás, y los hay que derrochan la vida a manos llenas. Y luego están los dejados de la mano de Dios, los que gastan las horas mano sobre mano, los que llegan a las manos por un quítame allá esas pajas, los que ponen las manos en el fuego -vuelta y vuelta- y no se queman (o se abrasan vivos, qué lástima), los que caminan por ahí a mano armada y, en fin, los engolfados, que meten las manos hasta los codos en el ardiente objeto de su deseo, que ya son ganas de meter. Pero si hablamos de convenciones sociales, las manos nos sirven básicamente para saludar. Y aquí íbamos. Porque en el inocente "choca esos cinco" con que nos obsequia ese conocido al que no veíamos desde que los conguitos se anunciaban en blanco y negro por televisión puede anidar el germen de nuestra desdicha. Dicen los que saben de estas cosas que la principal fuente de contagio de la gripe y demás enfermedades del alma son las manos, en ellas encuentra su caldo de cultivo ideal la bicha que, en estas fechas, reduce a papilla nuestro sistema inmunológico. Así que los galenos se han apresurado a recomendar el beso como forma de saludo más saludable. Qué alegría para el cuerpo, andar besando a porrillo; y por prescripción facultativa. Sobre todo si pensamos cómo y dónde. Y a quién.

 

El Día de Cuenca
23 de enero de 2008.