Paco Mora. COLEÓPTEROS

Coleópteros

 

Cuando hablamos de ortópteros y coleópteros suele venirnos a las mientes un bicho feo, todo patas y élitros, con un caparazón duro como un almendruco que cruje repugnantemente cuando lo aplastamos. O sea, que pensamos en una cucaracha de esas que en la alta noche, si prendemos la luz para ir al váter, sorprendemos en mitad del pasillo y, tras un instante de desconcierto, vemos regresar como una exhalación a su guarida por una rendija del rodapié.
Viene esta chusca introducción a cuento porque la revista "Science" publica el estudio de un grupo de investigadores donde se desvelan las claves evolutivas y biológicas por las que una de cada cuatro especies de la Tierra es un coleóptero. Un escarabajo, vamos. El quid de tal abundancia y diversidad (hay, hoy, 400.000 especies clasificadas en todos los ecosistemas) parece estar en la antigüedad y la persistencia de los grandes linajes de coleópteros, que ya poblaban el planeta en el Jurásico.
Mala noticia para el animal humano, supongo, que se cree el rey de la creación cuando, comparado con un simple escarabajo, es apenas un recién llegado a este mundo. Mala para nuestra fijación cainita, manifestada en sangrientas guerras siglo tras siglo, mientras una modesta luciérnaga convive pacíficamente con 399.999 familias de congéneres (es decir, con el otro, con el diferente) desde hace más de 140 millones de años. Y digo yo, ¿deberíamos aprender algo de ello, o seguir espachurrando tranquilamente a ese pobre bicho que vive en nuestro pasillo?

 

El Día de Cuenca
30 de enero de 2008.