Paco Mora. IDOYA

Idoya

 

Nunca he tenido muy clara la línea que separa realidad y ficción, relato realista de relato fantástico; si es que existe tal línea. En literatura, menos. Quizá porque sueño y vigilia son componentes gemelos de una misma sustancia que nos conforma. Tan de este mundo es ese dolor de espalda que nos aflige y que soportamos cada día en nuestro trabajo por un salario de miseria, como ese sueño recurrente que cada noche se acuesta en nuestra cama mientras dormimos y que nos hace volar, porque nos pone alas en la espalda. Calificar de literatura fantástica las obras Julio Verne, hoy, se me antoja una simplificación, cuando sus viajes a la luna o sus aventuras submarinas son inocentes juegos de ordenador superados por una tecnología que nos abruma. Tildar ciertas novelas de Orwell o de Huxley de literatura de ciencia-ficción es hoy, cuando menos, gracioso, en un mundo donde el ojo del Gran Hermano nos acecha hasta en la intimidad de nuestra cocina y donde la ingeniería genética puede clonar a un ser vivo y hacer poco menos que niños a la carta.
Pues bien, que tiemblen esas novelas fantásticas en las que seres galácticos son capaces de socavar los cimientos del planeta con el solo uso de su cerebro ultradesarrollado, porque de aquí a nada podremos componer un puzzle con una simple orden de nuestra mente. Una mona, desde Estados Unidos, ha sido capaz de mover con sus impulsos cerebrales a un robot en Japón. Para que luego digan de Darwin. Idoya se llama. La monita bien cerebrada, digo.

 

El Día de Cuenca
13 de febrero de 2008.