Paco Mora. DUCH

Duch

 

La vejez es lo que tiene, que a todos, en apariencia, nos iguala. Uno mira a los dos ancianos que conversan en el parque y es incapaz de distinguir un rasgo, un ademán, un modo de hablar o de gesticular de cualquiera de ellos que no tenga su réplica exacta en el otro: sin duda son dos seres pacíficos, de maneras gentiles y beatíficas que no pueden inspirarnos más que ternura. Si alguien me dijera que uno fue un despiadado asesino durante la guerra y el otro un hombre bueno que gastó su vida haciendo el bien entre los pobres no podría saber qué arrugas ocultan las facciones del joven criminal y cuáles las del muchacho altruista de ayer.
El rostro que ahora miro en el periódico me muestra a un viejo de aspecto humilde, con los ojos acuosos y una media sonrisa que pone al descubierto sus dientes podridos. Su apariencia es la del campesino curtido por el sol y el trabajo duro, y nada en él induce a sospecha; bien al contrario, cualquiera diría que es un honesto abuelo vencido por la fatiga que tuvo que deslomarse toda su vida para sacar adelante a su familia. Y sin embargo esa cara es en realidad una careta que esconde a un genocida terrible. Le llaman Duch, aunque su nombre es Kang Kek Ieu (un secuaz de Pol Pot) y torturó y exterminó sin asomo de piedad alguna a 17.000 personas en Camboya, durante el sanguinario régimen de los "jemeres rojos". Por fortuna las otras arrugas, las que no se ven, las del alma, no usan antifaz. Porque son como heridas que no cicatrizan nunca.

 

El Día de Cuenca
20 de febrero de 2008.