Paco Mora. TELECAMPAÑA

Telecampaña

 

Lo advertía Calderón: el mundo es un gran teatro. Lo malo es que ya solo sea eso, teatro, y lo peor que se limite a una función de títeres y marionetas ajena a la realidad: todo trapo, hilos que se estiran y encogen, bambalinas. Tras cuatro años de ininterrumpida e insufrible campaña electoral resulta que cuando se da el pistoletazo de salida a la oficial todo se reduce a esto. Acabamos de asistir al primer round televisado de la cosa, a ese inicial asalto del supuesto debate donde se dirimen los nombres de los que serán nuestro presidente del gobierno y nuestro principal líder de la oposición a partir de marzo. Pero claro, todo es cartón piedra, todo está tasado, evaluado, ensayado: una puesta en escena perfecta donde no queda un mínimo resquicio para la improvisación: ni un gesto de más ni una sonrisa de menos. Las luces dispuestas a la altura precisa y formando el ángulo exacto que realza el mejor perfil de los candidatos; la decoración ajustada en formas y colores a la imagen que más conviene a ambos; el atrezzo, la colocación de las cámaras, el número de planos (cortos, medios y generales), el tiempo de intervención de cada cual medido con cronómetros de precisión… Todo, en fin, escrupulosamente pactado, globalizado, americanizado para que nada sobre ni falte en la representación. Que luego en vez de debate la cosa consista en dos monólogos sordos y huecos diciendo lo de siempre, pues oye, también eso es parte de la función. De la función política, digo. ¿O no?

 

El Día de Cuenca
27 de febrero de 2008.