Paco Mora. OXITOCINA

Oxitocina

 

Esa frase tontorra que asegura que el corazón tiene razones que la propia razón desconoce debe ir a la papelera de las ideas turulatas. Los últimos avances científicos demuestran bien a las claras que el empeño humano por dotar al amor de cierto misticismo y explicarlo con la no explicación, o sea, como un sentimiento irracional, ha quedado obsoleto. El amor es pura bioquímica. Cuando nos enamoramos, el sistema nervioso descarga unas sustancias en el cerebro –de la familia de las anfetaminas- que desatan la pasión y provocan efectos adictivos. De ahí el éxito –como apunta José Antonio Marina- de las drogas, porque lo cierto es que las sustancias químicas producen estados sentimentales. Así las cosas, no es de extrañar que un reciente experimento, dando un paso más allá, sugiera que la infidelidad depende de los genes, concretamente de uno que determinaría nuestra disposición a ser monógamos o no. Ha bastado con intercambiar algunas hormonas relacionadas con las conductas de carácter sexual, como la oxitocina, entre dos clases de ratones para hacer que unos (monógamos) se vuelvan polígamos, y al revés. De modo que podemos respirar tranquilos, querido lector, no es que nuestra pareja sea de natural viciosilla, no, es cosa del gen, ella no tiene culpa alguna, luego nada hay que reprochar. Con decirle a nuestro médico que nos opere también a nosotros la oxitocina, arreglado. Y es que ya lo decía Ortega: el amor es una enfermedad de la atención. Y una adicción química, apostillaríamos.

 

El Día de Cuenca
05 de marzo de 2008.