Paco Mora. HUMANOIDES

Humanoides

 

Se diría que nos hemos empeñado en dinamitar aquel aserto de Ortega y Gasset (verdad verdadera) que venía a aseverar que un tigre no se puede destigrar, pero un ser humano sí puede deshumanizarse. Quizá porque es cierto y porque las certezas suelen golpearnos donde más nos escuece, el hombre se ha propuesto humanizar (o sea, idiotizar) a esos animales que hemos dado en llamar mascotas. Primero, al vivales de turno se le ocurrió negociar con la imbecilidad del opulento y se inauguraron los primeros cementerios para animales; después, el listo de guardia se forró la costilla a costa del ricachón hortera edificando templos para oficiar ceremonias nupciales entre mascotas; luego vendría el espabilado de urgencia montando restaurantes especializados para animales (a precio de local de cuatro tenedores), para que nuestros gatos pudieran lamer el puro caviar de unas raspas. Pues bien, en esta demencial carrera por inculcar a nuestros bichos domésticos los usos humanos (al final, en vez de mascotas, les llamaremos humanoides), lo último son los tanatorios para animales. Por una pasta gansa puede usted velar el cadáver de su periquito, acompañado de sus deudos, y después incinerarlo como es debido. Es de suponer que las cenizas se las darán a usted en una cuca urna para que pueda colocarla en un pañito almidonado sobre el televisor. En fin. ¡Y pensar que la mitad de la población mundial desfallece de hambre sin un triste hueso que roer ni un cementerio donde caerse muerta!

 

El Día de Cuenca
16 de abril de 2008.